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Caso clínico Comentario Bibliografía

 

Metástasis cutánea: primera manifestación de hipernefroma en el trasplantado renal.

S.Vázquez, A.Oliveras.

Servei de Nefrologia. Hospital del Mar. Barcelona.

 

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Caso clínico Comentario Bibliografía

CASO CLINICO

 

Varón de 44 años, sin hábitos tóxicos, con antecedentes de hipertensión arterial e insuficiencia renal crónica secundaria a glomerulonefritis mesangial proliferativa IgM (según biopsia) en tratamiento sustitutivo con hemodiálisis desde Octubre de 1993.  En Mayo de 1995 fue admitido en nuestro centro para recibir injerto renal de donante cadáver semiidéntico. El trasplante se realizó sin incidencias presentando diuresis inmediata y con buena función renal, siendo dado de alta a los ocho días con creatinina plasmática de 1 mg/dl. La inmunosupresión de inducción se realizó con anticuerpos antilinfocitarios de origen policlonal (ATG) a dosis de 14 mg/kg/día durante siete días, ciclosporina, micofenolato mofetil y prednisona, y mantenimiento con ciclosporina hasta conseguir  niveles de 200 ng/ml, micofenolato mofetil 2 g/día y prednisona 5 mg/día.

A los 34 meses del trasplante renal el paciente presentó lesión en cuero cabelludo, cuya biopsia fue compatible con metástasis de carcinoma de células claras, sugestivo de neoplasia renal primaria. El paciente mantenía buen estado general, sin evidencia de síndrome tóxico, dolor lumbar, fiebre u otra sintomatología, y persistiendo función renal normal. Las exploraciones complementarias practicadas revelaron la presencia de una masa en riñón propio izquierdo, de 6 cm de diámetro, sugestiva de neoplasia (fig.1).

 

En el estudio de extensión (gammagrafía) se apreció la existencia de tres acúmulos patológicos del trazador en parrilla costal izquierda a nivel del sexto y séptimo arcos costales compatibles con metástasis. Ante estos hallazgos, se redujo la inmunosupresión hasta niveles de ciclosporina de 150 ng/ml, prednisona 5 mg/día y supresión del micofenolato. En Octubre de 1998 se practicó nefrectomía del riñón propio izquierdo, confirmándose el diagnóstico de carcinoma de células claras y ausencia de infiltración capsular, pélvica, ureteral y vascular.

Dos meses después de la nefrectomía radical, el paciente refirió tumefacción y dolor en la región mandibular derecha. La gammagrafía mostró acúmulos del trazador en la región del maxilar inferior derecho (fig. 2).  

Se practicó ecografía abdominal que evidenció un nódulo de 3,5 cm en la glándula suprarrenal derecha, así como radiografía de tórax en la que se observó un infiltrado en el LSI, siendo ambas imágenes compatibles con diseminación metastásica. Ante el diagnóstico de hipernefroma diseminado con afectación ósea sintomática, pulmonar y suprarrenal se decidió tratamiento combinado con radioterapia y quimioterapia, consistiendo ésta última en fluoropirimidinas orales. Se consideró poco recomendable el tratamiento inmunomodulador con IL2 y/o INF a causa del tratamiento inmunosupresor concomitante. Se realizó radioterapia local con fotones de Cobalto (Co-60) con dosis de 240 cGy/día,  cinco días a la semana, siendo la dosis total de 50 Gy. Tras la finalización de la radioterapia se constató una respuesta parcial del 40% de la lesión tumoral ósea.

Las exploraciones realizadas periódicamente demostraron estabilización de la diseminación metastásica hasta Mayo de 2001, en que el paciente consultó por cefaleas e inestabilidad cefálica. Se practicó TAC cerebral que mostró cuatro lesiones metastásicas intraaxiales, infra y supratentoriales con signos de hidrocefalia obstructiva (fig. 3). Se valoró como progresión cerebral del proceso neoplásico y se inició tratamiento sintomático, siendo éxitus a las cuatro semanas del diagnóstico de dichas metástasis.  

COMENTARIO

Los pacientes trasplantados renales presentan una mayor incidencia de neoplasias. Las primeras referencias en la literatura se remontan a Doak y col. en 1968. Desde entonces se sabe que las neoplasias constituyen una causa importante de morbi-mortalidad tardía en trasplantados renales (1). Esta complicación aparece en el 5-15% de los pacientes trasplantados. Se calcula que el riesgo anual de desarrollar un tumor maligno después de un trasplante de órgano sólido es del 2 % (2). La historia natural de los tumores malignos en la población trasplantada es diferente a la de la población general, con una incidencia de tres a cinco veces mayor, edad de aparición más temprana, siendo además más agresivos y más rápidos en su evolución. Las neoplasias con mayor prevalencia en la población trasplantada son los tumores cutáneos –espino y basocelulares- (2,6%), los síndromes linfoproliferativos tipo no Hodgkin (1-2%), el Sarcoma de Kaposi (0,5-5%) y los tumores del tracto genito-urinario (0,6-1,7%) (1). En la etiopatogenia han sido implicados diferentes factores tales como la depresión del sistema de inmuno-vigilancia, la estimulación antigénica crónica originada por el propio injerto, la infección por virus oncogénicos y el efecto del tratamiento inmunosupresor.

A finales del siglo XIX, se creía que los tumores renales se originaban en las glándulas suprarrenales por lo que se introdujo el término de “tumores hipernefroides”. Este error semántico y conceptual condujo a la introducción del término “hipernefroma” que aún predomina en la literatura para definir  a los tumores parenquimatosos de origen renal primario. (3). El carcinoma de células renales es un tumor relativamente raro en la población general, representando el 3% de todas las neoplasias malignas con una incidencia de 4-7,5 casos por 105 individuos, en contraposición con la población en tratamiento sustitutivo renal en la que su incidencia es de 35-77 casos por 105 individuos (4). Penn encontró que los pacientes trasplantados tienen un 5% de incidencia de carcinoma renal comparado con el 2% de la población general (5), siendo la tercera neoplasia en frecuencia después de los tumores de piel y los síndromes linfoproliferativos. Afecta de forma predominante al hombre con una relación de 10:1 respecto a la mujer y su edad de aparición en la población trasplantada es  más precoz, promedio de 42 años, mientras que en la población general se observa entre la 5ª y 6ª década de la vida. El tiempo medio de aparición del hipernefroma desde el trasplante renal es de 50 meses con un intervalo de 8 a 191 meses (6). Existe una mayor incidencia de carcinoma renal en la enfermedad quística adquirida, detectada en el 79% de los pacientes que han seguido tratamiento sustitutivo con hemodiálisis durante más de tres años, lo que apoya la importancia del seguimiento ecográfico de los riñones nativos en estos pacientes. Se cree que el aumento de expresión de los factores de crecimiento (TGF) podría estar relacionado con el desarrollo del tumor. También en la nefropatía por analgésicos se ha visto incrementado el riesgo de hipernefroma.

La forma clásica de presentación clínica suele ser en forma de dolor lumbar y en ocasiones tumor palpable. También es relativamente frecuente la sintomatología provocada por las metástasis a distancia, sobretodo si se tiene en cuenta que aproximadamente 1/3 de los pacientes tienen metástasis detectable en el momento del diagnóstico. La incidencia de metástasis cutánea por hipernefroma en la población general es baja (2,8-6,8%), aunque en un 10-20% de los pacientes las metástasis cutáneas preceden al diagnóstico de tumor primario renal (7).

En relación al tratamiento, la nefrectomía radical sigue siendo el único método efectivo, incluyendo la fascia de Gerota, el riñón y la glándula suprarrenal. La radioterapia se emplea como tratamiento coadyuvante paliativo en las metástasis óseas. Por otro lado, el carcinoma renal es una neoplasia bastante resistente a la quimioterapia. La población no trasplantada se puede beneficiar también del tratamiento inmunomodulador –IL2/INF-.(3)

En los trasplantados renales, la supervivencia a los 5 años está alrededor del 77%, mientras que en la población general es del 85% (6). La evolución a largo plazo después del tratamiento quirúrgico va a depender de varios factores tales como el grado, el estadío y el tipo histológico. Así pues, la detección de cualquier lesión cutánea sospechosa en el paciente trasplantado debe llevarnos a considerar el diagnóstico patológico precoz de la misma, ya que cabe la posibilidad de hallarnos ante un proceso neoplásico.

BIBLIOGRAFIA

1.      Gómez Dosantos, V y colaboradores. Prevalencia de neoplasias en el trasplantado renal. Archivos Españoles de Urología 1997;  50 (3): 267-273.

2.      Hesse, C. Krisa, F. Rieu, P et al. Incidence and type of malignacies occurring after renal trasplantation in conventionally and ciclosporine-treated recipents. Transpl Proc 1995; 27: 972-974.

3.      Beldegrun, A., DeKernion, J. Campbell Urologia. Tomo 2 Capítulo 27: 1057-1089.

4.      Kliem, V., Kolditz, M.,Behrend M., Ehlerding G., Pichlmayr R., Koch M. and Brunkhorst R. Risk of renal cell carcinoma after kidney transplantation. Clinical Trasplantation 1997; 11 (4): 255-258.

5.      Levine LA, Gburek BM. Acquired cystic disease and renal adenocarcinoma following renal transplantation. Joounal of Urology 1994; 151: (1): 129-132.

6.      Hoshida Y., Nakanishi H., Shin M., Satoh T., Hanai J., Aozasa K. Renal neoplasias in patients receiving dialysis and renal trasplantations; clinica-pathological features and P53 gene mutations. Trasplantation 1999; 68 (3): 385-390

7.   Martínez Sarmiento M., Osca García JM:, López Alcina E.; Rivas Rodero S., Beanud Gómez A., Jiménez  Cruz JF.,. Metástasis subcutáneas como primera manifestación de la diseminación del cáncer renal. Actas Urológicas Españolas. Abril 1997;31 (4): 402-405.

 

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